Una lección de Microeconomía: costes fijos versus costes variables

 

En los manuales de Microeconomía una de las cuestiones iniciales que se enseña en la teoría de la empresa es la estructura de costes. Y ahí básicamente se distingue entre tres tipos: Costes Fijos, Costes Variables y Costes Marginales. Dejando al margen a estos últimos, y para hacer sencilla la explicación, los costes fijos son aquellos asociados a las instalaciones de la empresa, mientras que los costes variables serían debidos al pago de sus trabajadores y al mantenimiento. O dicho de otra forma: los costes fijos se pagan de una vez, cuando se construye la fábrica, mientras que los costes variables son permanentes mientras la empresa sigue funcionando. Claro y comprensible para cualquiera.

Sin embargo, estamos acostumbrados a que en política nos muestren los costes fijos pero nos oculten los variables. Es decir, nos digan lo que va a costar construir determinada instalación, pero no cuáles van a ser los costes de su funcionamiento.

El último de los ejemplos más sobresalientes lo tenemos en el hospital de pandemias de Madrid. Su coste fijo, de construcción, va a ser según la propia CAM de 50 millones de euros (https://www.redaccionmedica.com/autonomias/madrid/coronavirus-madrid-hospital-epidemias-valdebebas-otono-7457). Pero en ningún lugar han aparecido los costes variables. ¿Cuántos profesionales sanitarios se van a necesitar?, ¿Cuántas personas van a ser precisas para el mantenimiento de unas instalaciones de ese tamaño? ¿A cuánto asciende la nómina de todos estos trabajadores? ¿hay también un presupuesto para reparaciones de camas, instrumental, EPIs… e incluso daños en el propio edificio? Nótese lo que decía en el primer párrafo: se pueden invertir 50 millones en construir el hospital, pero ¿Cuánto va a costar que funcione? Porque sin personal, sin esos costes variables, será un edificio muy impresionante pero condenado al deterioro y finalmente a la ruina.

Y este no es una caso aislado. El “Plan E” es otro ejemplo de centrase en los costes fijos y olvidar los variables. De los 100.000 millones de euros que se gastaron para intentar hacer frente a los primeros efectos de la crisis de 2008 una cuantía importante fue a parar a la construcción de instalaciones deportivas -frontones en pueblos donde la media de edad era de más de 60 años o piscinas en poblaciones que no tenían la suficiente masa crítica como para hacerlas rentables-. En ningún momento se tuvo en consideración los costes asociados al “funcionamiento y mantenimiento” de estas. No se pensó en que una vez realizada la inversión iba a hacer falta personal para que no solo funcionaran sino que no se deterioraran. Es como si nuestros dirigentes hubiesen aprendido las primeras lección del keynesianismo -hacer agujeros- pero se hubiesen olvidado de la segunda parte: hay que rellenarlos.

Tampoco debemos rasgarnos las vestiduras y pensar que solo lo hacemos en España. Las instalaciones olímpicas griegas son probablemente el mejor ejemplo de esa inversión en costes fijos que nunca tuvo en cuenta los costes variables, como bien señala Petros Markaris en sus libros del inspector Kostas Jaritos. La visión de unas instalaciones absolutamente abandonadas y destrozadas por su falta de mantenimiento nos recuerdan a otras que se pueden encontrar en Sevilla.

Los economistas somos blanco de críticas, muchas de ellas justificadas. Nos hemos pavoneado de nuestra “ciencia” y fuimos incapaces de prever una crisis como la de 2008. Pero algunas cosas sabemos, aunque solo sea por sentido común. Y entre las que sabemos es que podemos comprar el mejor Mercedes del mercado, pero si no tenemos dinero para gasolina, para pagar el seguro o cambiar el aceite y las ruedas cada cierto tiempo, no tenemos nada. Un hospital sin sanitarios, una piscina sin socorristas o unas instalaciones sin mantenimiento no son más que una inversión sin futuro. Sres de la CAM, dígannos cuáles son los costes variables y veremos si nos compensan los costes fijos, o buscamos una forma más eficiente de invertir 50 millones de euros. Seguro que algo se nos ocurre.

 © José L. Calvo, 2020

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